Araña de ocho patas. O más

La única forma -que yo sepa- de mirar desde afuera, es salir. Ahí fuera empieza la inequívoca y angustiosa sensación de libertad, de plenitud, la de la libertad, y, a la vez, de vacío. El que acompaña a la plenitud y la libertad y el que no hay manera de arrancar. No hay lejía ni estropajo que valgan. Ahí estás contemplando, desde la distancia y el vacío, los lazos. Que se tensan con la distancia y que te mantienen en la incertidumbre: ¿cuál durará? ¿Se romperá éste, el que me mantuvo a salvo hasta ahora, o se hará más fuerte? ¿Por dónde caminaré si se rompe? Algo apañaremos.

Compruebas con alivio que hay muchos que se mantienen: los gordos y resistentes, los que aguantan kilómetros, meses e incluso años. Otros rompen en el “hasta luego”. En la misma calle en la que dices ya te llamaré, hacemos un skype, te mando un correo, dame un toque cuando vuelvas…. Ahí mismo claudicaron. No duraron más que la fórmula de despedida. Puede que vuelvan y se hagan fuertes otra vez. O desaparecen. Así, a lo tonto y a lo bobo.

Luego están esos hilos. Los que transitamos a menudo. Los que forman parte del cascarón y te dejan medio desnuda cuando se desvanecen. Ahí te quedas, con frío y sin saber qué ponerte. Un frío que vino para quedar. Sólo te abrigará la certeza de la levedad, confirmada por la ausencia del hilo. Tanto tejer y mira, ya no está. Cualquier día de éstos, tampoco tú estarás. Mientras tanto, sigue tejiendo. Tira del hilo, ese frágil hilo sobre el que te apoyas confiada y consciente de su inquebrantable debilidad. Mientras estés viva cuida la red y, con el hilo roto, enhebra una aguja. Cualquier día de éstos, tampoco tú estarás. Llora por la ausencia y celebra la presencia: la tuya, la de tus dominios, la de los días de gloria y los que vendrán. Cualquier día de éstos, tampoco tú estarás.

No podemos con todo.

También están los otros. Los que rompen y se recomponen solos. Con un poco de cooperación, claro. Son mágicos. Diez años sin ver a una amiga y ahí está. Nos ponemos al día. En media hora resumimos una década. Y en dos días no te da tiempo a hacer balance: hay tanto de lo que reírse. Hay tanto que reconsiderar. Hay tanto que analizar. Hay tanto futuro, aunque se acabe mañana, en el que pensar. Y, maldita sea, tenemos que pensar en qué comemos hoy. De eso también tenemos que hablar. Diez años después.

La distancia es una tela de araña. Tejida con hilos transparentes en los que, incautas, caerán nuestras presas, en las que nos deleitaremos. Tensaremos la red y parecerá que rompa. Oiremos crujidos en algunos sitios, se mantendrá firme en otros.

Volveremos caminando por senderos conocidos y con nuestras ocho patas de araña -quizás alguna más- haremos equilibrios entre los hilos. Y será una fiesta zamparse a una mosca, pobre mosca, ahora que nos habíamos hecho vegetarianas.

Habrá días de reposo y recapitulación. Nos balancearemos en la red, disfrutando del paisaje y contemplando la maraña de hilos: los intactos, los rotos, los conocidos, los que nos dan miedo y los que todavía no tuvimos tiempo de conocer. Y, al sol, tanteando el terreno, nos propondremos volver a tejer los hilos rotos, mientras fantaseamos con saltarnos la ley de costas y ampliar nuestro precario imperio.

Tejer una tela de araña, grande y fuerte, en la que caminar de adelante atrás, del pasado al futuro, del presente al presente, y tiro porque nos toca.

Tejer requiere concentración: una al derecho, otro al revés. Mengua dos puntos y añade luego cuatro. Tejer una buena y hermosa telaraña. Obrera textil, ingeniera de caminos, miga de pan en el laberinto. Hay que ser muy sabia, y muy paciente, para ser una buena araña de ocho patas. O más.

Anuncios